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	<title>novela romántica de Clara Voghan</title>
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	<description>Clara Voghan, autora de novela romántica, ofrece gratis algunas de sus novelas, y también algún cuento completo.</description>
	<dc:language>es</dc:language>	<dc:date>2006-01-31T21:20:40Z</dc:date>
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	<title>Lola</title>
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	<dc:date>2006-01-31T20:53:52Z</dc:date>
	<dc:creator>cecilia karpatos</dc:creator>
	<dc:subject>General</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[Capítulo segundo de la novela "Un saludo distinto" de Clara Voghan.<br />
<br />
<br />
© Clara Voghan, 2003<br /><br /><br />
—De nada—dijo el editor en jefe, y se quedó mirándola mientras se iba. Ella caminó unos pasos, contoneándose. Luego se dio vuelta y le regaló una sonrisa cómplice.<br />
Lola sabía seducir. Había algo en su andar, en sus piernas bien torneadas, en su expresión altanera. No era precisamente linda, pero sí sumamente sensual. Y le gustaba compartirlo con todos. Era competitiva con las mujeres pero, en cambio, siempre buscaba algún contacto cómplice con los hombres. Sentir su dominio sobre ellos...<br />
Aquella tarde tenía que encontrarse con Alberto. Odiaba ese papel de “novia” en que él la colocaba. Odiaba su formalidad, el apego a esa horrible familia que tenía y que quería imponerle a toda costa. Pero había amado ardientemente su voluptuosidad y esa cosa de “macho italiano” que todavía la subyugaba.... a veces. Después de todo, nada era para siempre.<br />
Se demoró todavía un poco más. Había quedado con Alberto a las siete, y apenas eran las ocho. Si llegaba a las nueve iba a conseguir que él estuviera tan furioso como para olvidar su terrible charla diaria sobre matrimonio, y poder retomar, en cambio, el tema del viaje a Estados Unidos. Él era su pasaporte. Él podía darle la estabilidad que buscaba para poder abrirse paso con su cámara fotográfica por el mundo. En Buenos Aires ya había llegado a su techo. Las fotos que habían elegido para la revista lo confirmaban. Allí no había mucho más por hacer. <br />
Todo lo que le restaba era terminar de convencer a Alberto.<br />
<br />
Por cábala  a Alberto no le gustaba presentarle sus mujeres a Damián.<br />
No es que no lo quisiera, no. Habían sido amigos desde los dos años, cuando se había mudado a la casa de al lado. Habían hecho juntos todo el colegio. Incluso eligieron la misma carrera, influenciados quizás por el padre de Damián, que era el médico del barrio ... <br />
Tampoco era que no se considerara buen mozo. Sabía que era del tipo ganador. Morocho, de ojos celestes, y un cuerpo esculpido por toda la natación del club, siempre había podido conquistar con facilidad... <br />
Pero Damián...<br />
Le molestaba sentir la reacción de las mujeres cuando Damián entraba a escena. No era por lo físico, no... Había algo en él... Algo de nene abandonado, quizás. ¡Vaya a saber! No podía meterse en la cabeza de una mujer... Y, de hecho, era el último lugar en que le interesaba meterse, cuando de faldas se trataba.<br />
Además, Damián seguía inexplicablemente suelto . Estaba la abogada, por supuesto, pero él no parecía demasiado entusiasmado... ¿O quizás sí?... Mentalmente anotó que tendría que consultarlo con Marcela. Su hermana era algo así como la consejera sentimental de su amigo.<br />
Lola seguía charlando con Damián, inclinada sobre él, tocándolo ante la menor oportunidad. Alberto trataba de contenerse, pero no podía dejar de sentirse furioso. <br />
Nadie tenía la culpa... Era la forma de ser de Lola... <br />
Era...<br />
Damián cruzó su mirada con la de Alberto, en el otro extremo de la sala. Ya conocía esa cara, así que rápidamente buscó una excusa y se levantó hacia la cocina. Lola estaba buena, pero no valía la ira de su amigo... ¡Lástima que Alberto fuera tan celoso!. Su novia era justo un tipo de mujer para compartir...<br />
<br />
—¿Qué buscás?—<br />
Lola se sorprendió con la llegada de Marcela y dejó la agenda en la mesa.<br />
—Nada... Alberto me mandó a buscar el número de teléfono de Damián. No podía acordárselo....—<br />
—¿Cómo que no se lo acuerda?... Te tomó el pelo . Nunca anotamos el número de Damián en la agenda. Todos lo sabemos de memoria—dijo Marcela, extrañada.<br />
—Entonces seguro que no me los quiso dar... ¡Es terriblemente celoso tu hermanito!—<br />
—Ya lo creo...—comenzó a decir la muchacha mientras se iba. Le molestaba estar en la misma habitación con la novia de su hermano. Pero al apretar el paso, sintió la voz enojada de Lola.<br />
—Al final... ¿no me lo vas a dar?—<br />
<br />
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<br />
(Aquí termina el segundo capítulo de la novela "Un saludo distinto" de Clara Voghan. Para obtener en forma gratuita la novela completa envíe un mail a <b>claravoghan@lycos.com</b> indicando su edad y nacionalidad y un breve comentario de este primer capítulo).<br />
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Otros enlaces:<br />
Página oficial de Clara Voghan.<br />
<a href="www.claravoghan.com.ar" target="_blank">www.claravoghan.com.ar</a><br />
<br />
Grupo de Yahoo, donde pueden encontrarse otras obras de la autora:<br />
<a href="http://ar.groups.yahoo.com/group/claravoghan/" target="_blank">http://ar.groups.yahoo.com/group/claravoghan/</a>]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://claravoghan.bitacoras.com/archivos/2006/01/22/la-familia">
	<title>La Familia</title>
	<link>http://claravoghan.bitacoras.com/archivos/2006/01/22/la-familia</link>
	<dc:date>2006-01-22T17:55:21Z</dc:date>
	<dc:creator>cecilia karpatos</dc:creator>
	<dc:subject>General</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[Capítulo primero de la novela "Un saludo distinto" de Clara Voghan.<br /><br />© Clara Voghan, 2003<br />
<br />
<br />
<br />
La mochila  al hombro y la carpeta de planos servían de contrapeso a su andar ligero. Su falda, mecida por el viento, se arremolinaba constantemente entre sus muslos firmes.<br />
¡Otra vez llegaba tarde!, (aunque la excusa de la facultad era perfecta: cuando de reuniones familiares se trataba, adoraba sus clases de los sábados a la mañana).<br />
Se detuvo frente a la casa de su tía. Miró el reloj. Intentó luchar con un mechón rebelde empeñado en caer sobre sus ojos, y una vez más, como tantas aquel día, quiso aquietar las tablas de su pollera . Todo en vano.<br />
Estaba tomando algo de valor para poner su dedo sobre el timbre, cuando la puerta se abrió de par en par. Su prima la estaba esperando.<br />
— ¡Marcela! ¡Plantaste  “al nabo” !— dijo ésta con aire divertido, a modo de saludo.<br />
Cristina, como anfitriona, podía ser bastante molesta si se lo proponía, y ese día parecía estar particularmente inspirada.<br />
En su interior, Marcela gruñó contra la indiscreción de su madre. Acababa de entender cuál había sido el tema de conversación en la mesa familiar durante el tiempo en que había estado ausente, y cuál sería durante las próximas cuatro horas.<br />
—Sí, dejamos de vernos.— respondió la muchacha, en medio de un involuntario suspiro. Aborrecía aquella odiosa costumbre de su madre de hablar de la vida privada de sus hijos con la misma liviandad con que en otras épocas había hablado de sus travesuras o sus logros escolares.<br />
No pudo librarse tan fácilmente de Cristina. Tuvo que contarle detalladamente hasta el último gesto que hizo Nacho al enterarse de su decisión, y jurarle que no había otro en su vida, todo aquello en los escasos dos minutos que tardaron en recorrer el pasillo hasta el comedor.<br />
Allí las mujeres de la familia charlaban y reían a los gritos, tratando de entenderse  por sobre el ruido que hacían sus hijos jugando en el patio. Marcela saludó a todas rápidamente, evitando los consejos de las de treinta, burlas de las de veinte, y pedidos de informe de las de más de sesenta. Al terminar la ronda se dirigió al living. Disfrutó un momento del silencio, y decidida a tardar lo más posible, se dirigió con paso lento a dejar sus cosas sobre el sofá de su tía. Estaba agachada acomodando sus carpetas, cuando no pudo evitar tener una sensación de incomodidad: era como si alguien la mirara. Se incorporó, y giró rápidamente sobre sí misma. Ahí estaba. Desde el otro extremo del cuarto, Rubén, el esposo de Cristina, la contemplaba en silencio.<br />
— Hola— dijo Marcela, tratando de romper el hielo.<br />
— ¡Hola!— respondió él, acercándose a saludarla, sin dejar de mirarla fijamente.<br />
Últimamente no podía evitar sentirse incómoda cada vez que estaba sola en un cuarto con el marido de su prima. Y cada vez se encontraba más frecuentemente sola con él. ¿Era idea suya?...<br />
Sintió unas terribles ganas de escaparse. Pero ¿hacia dónde?. El comedor era un verdadero aquelarre. La puerta de calle era tentadora, pero huir de una reunión familiar era pecado mortal en una familia ciento por ciento italiana como la suya.<br />
De repente, la cocina pareció iluminarse.<br />
— Voy a hacerme un te— dijo, mientras salía atropelladamente.<br />
La cocina, aparentemente callada, bullía. Los hombres estaban en el comedor diario, concentrados en un juego de truco . Por momentos se cortaba el silencio, pero seguidamente los gritos eran tantos, que opacaban las voces de las mujeres y los chicos. La entrada de Marcela los distrajo momentáneamente.<br />
— Poné la pava  para hacer mate — ordenó Alberto, a modo de saludo. Nunca se podía esperar demasiada amabilidad del propio hermano.<br />
— ¿Así que “al nabo” lo mandaste a plantar rabanitos ?— vociferó su tío.<br />
Una rápida algarabía corrió entre los presentes. Los chistes gruesos acerca del apodo del pobre novio abandonado, se escucharon en andanada. Pero al menos fue breve: del sexo del chico pasaron rápidamente al del director técnico de Boca , y, por supuesto, también al de River . Afortunadamente, mientras las mujeres hablaban incansablemente de hombres, hijos y dietas, los hombres lo hacían de football, football, y sólo en temporada, de “Fórmula uno”, autos y football.<br />
Marcela se encerró en la cocina. La mesada estaba llena de comida, y ella estaba famélica. Comenzó a hacerse un te mientras mordisqueaba una masita . <br />
Los chicos gritaron en el patio. Levantó los ojos, miró a través de la ventana y... ahí estaba él, Rubén, mirándola del otro lado. Bajó inmediatamente la vista.<br />
— ¿No hay un te para mi?—<br />
Pegó un salto al escuchar la voz de Damián. Tenía la costumbre de sorprenderla, acercándose sin que ella lo advirtiera, y susurrándole al oído. Siempre le corría un escalofrío cuando él hacía eso...<br />
— Creí que tenías guardia en el hospital...—<br />
— Pude cambiársela a Inés. Buena mina , Inés... Sabés que estas fiestas de tu familia son una excelente oportunidad para probar comida casera – respondió Damián mientras engullía una masita.<br />
— ¿Probar? ¡Comés como para una semana!—<br />
— Con la malaria  que se viene, y después de pagar el impuesto  municipal, posiblemente esto sea lo único que coma en una semana—<br />
Damián seguía tragando. A ella le gustaba verlo comer. Sabía que cuando estaba tan desesperado era porque había pasado muchas horas en el quirófano, y se había quedado muy satisfecho de su trabajo como cirujano.<br />
— No me dijiste que ibas a largar  al “nabo”— le reprochó Damián. – A mi me gustaba el chico—<br />
— ¡Te gustaba! No seas caradura. Si vos le pusiste ese sobrenombre. Si cada cosa que te contaba de él la criticabas... ¡Sos un chanta !— aulló Marcela.<br />
— Admito que el chico no era brillante... Pero era un buen chico... Un chico inofensivo...—<br />
Marcela rió para sus adentros.<br />
Él insistió: — ¿No me vas a decir porqué cortaste?—<br />
— No tengo que contártelo todo... Además, vos lo dijiste: ¡era un chico!—<br />
Dijo eso mientras se llevaba a la boca un dedo con la crema  que cubría su masita. Damián miró ese gesto infantil. Sonrió. Rápidamente usó la misma crema para pintarle un bigote, mientras decía: — ¿Y vos sos una mujer?—<br />
Comenzaron a forcejear entre risas. Marcela intentó devolverle la gracia, pero Damián, mucho más alto y corpulento, se lo impedía.<br />
De repente la puerta de la cocina se abrió. <br />
Rubén surgió de la nada. – ¿Puedo ayudarlos?— dijo, algo molesto.<br />
Marcela quedó petrificada, y Damián aprovechó la oportunidad para volver a embadurnarla.<br />
— ¡No, yo me basto solo!— contestó Damián entre risas.<br />
Marcela se limpió, avergonzada. <br />
Se oyó la voz de Cristina llamando a su marido, desde el patio: los chicos estaban pateándose. <br />
Por un momento Rubén dudó, pero al volver a escuchar la voz de su mujer salió de la cocina de mala gana.<br />
Desde el comedor diario , Alberto reclamó por el agua. Marcela, mecánicamente, volvió a comprobar que todavía no hubiera hervido.<br />
— ¿No notaste nada raro en Rubén?— le preguntó a Damián, mientras observaba por la ventana hacia el patio.<br />
— ¿Raro? Rubén es un tipo raro. ¿Qué se supone que tengo que notar?—<br />
— Me mira— <br />
— ¿Cómo que te mira?—<br />
— ¡Me mira!— repitió ella con enojo, mientras se ocupaba del agua.<br />
— ¡Ay, Marcelita!... ¡Ahora te vas a creer una mujer fatal!... Plantás al “nabo”, los hombres “te miran”... —<br />
Marcela dio vuelta la cara con disgusto. Apagó el fuego y, sin mediar palabra, se fue de la cocina llevando la pava.<br />
Damián la vió partir y le dio lástima.  Él también se sentía algo molesto consigo mismo por haberla hecho enojar.  Había estado un poco “denso”  con su burla, reconoció... <br />
Después de todo, ella todavía era una nena...<br />
<br />
Marcela jugaba en el patio a la par de los hijos de sus primas. El encuentro en libertad con los chicos era para ella la parte más gratificante de las fiestas familiares. Amaba correr y gritar. E imaginar. Sobre todo, imaginar.<br />
Damián comenzó a mirarla desde lejos. Desde que ella había nacido, él había sido como su hermano. Y, por cierto, mucho mejor hermano que Alberto. Ella le contaba todo, sin excepción. Y, entonces, ¿por qué no le había contado sobre la ruptura? ¿Habría otro?... No, eso era imposible... Debía ser esa nueva amiga de la facultad. Esa chica  que todavía no conocía. Quizás ahora era ella la nueva confidente de Marcela... Esa última idea le produjo cierta inquietud. Ya estaba acostumbrado a sus visitas de los sábados por la tarde, y a la charla incesante de ella.<br />
Marcela se adueñó de la pelota una vez más. Por un momento Damián se quedó enredado en el brillo de su pelo rubio, pero al centrar nuevamente la visión, notó que Rubén estaba del otro lado del patio, mirando... , y no precisamente el pelo de Marcela.<br />
Caminó lentamente hacia él, y se sentó a su lado.<br />
Marcela seguía jugando.<br />
— Está fuerte , ¿no?— dijo a Rubén, distraídamente.<br />
— ¿Fuerte? ¡Es un camión con acoplado , la guacha !... Con esa colita paradita... Esas tetas duritas... ¡Me tiene loco!... Por ahora la miro, hasta que un día...—<br />
— Hasta que un día yo personalmente te saque los ojos y no la mires más— susurró Damián, con una sonrisa falsa y furia mal contenida.<br />
Y pasando su mano sobre los hombros de Rubén, y apretándolo disimuladamente hasta lastimarlo, siguió.<br />
— Escuchame, pedazo de... marido. En lo que a vos respecta, la chica no existe. Fue . Es una ilusión. Voy a omitir el hecho de que estés casado. De que ella sea casi tu prima. Vamos a concentrarnos en que todavía tiene veinte años y vos sos un jovato  de...—<br />
—Treinta— lo interrumpió Rubén. —Como vos...— añadió, desafiante.<br />
Damián lo soltó y lo miró con enojo.<br />
—¿Y qué me querés decir con eso?...— Calló por un momento y luego retomó la palabra: — Si te pesco  otra vez mirándola...—<br />
Hizo con la mano un gesto de cortar la garganta. Los chicos lo observaron y comenzaron a imitarlo, divertidos. En un minuto Rubén estuvo rodeado por ellos.<br />
La advertencia quedaba clara.<br />
<br />
Como todos los martes a la noche, la casa de los Bianchi se llenaba de olor a comino. Las empanadas  que hacía Julia eran la perdición de Damián, así que al llegar del hospital, no pudo evitar desviarse hacia la casa vecina. Usó la llave que le habían dado hacía ya diez años, cuando su padre enfermó y los Bianchi se convirtieron en parte importante de su familia.<br />
Echó una rápida mirada al patio. Le gustaba esa casa. Era tan vieja como la suya, y quizás tan descascarada, pero en ésta se respiraba vida. Hacia su derecha, el living y los dormitorios estaban a oscuras, pero al fondo, en la cocina, las voces de Julia y Marcela se mezclaban en una. Madre e hija eran incansables. Probablemente Alberto no había llegado. O quizás no llegara en absoluto. Ese día era martes, y los martes le tocaba a su novia, Lola. Fuerte la mina ... El partido de ajedrez iba a tener que seguir otro día.<br />
La cena fue como tantas otras estupendas cenas en casa de los Bianchi. Todo era igual. Aunque él se sentía distinto. Había algo en Marcela que había comenzado a inquietarlo... ¿Qué era?...<br />
Ayudó a Julia a lavar los platos. Ella estaba preocupada por Alberto. Mucho entusiasmo por esa chica Lola que, por supuesto, según la mirada materna, no era la candidata ideal. Se había instalado con él y ni le cocinaba ni le limpiaba el departamento ....Curioso. Damián no podía imaginar a Lola como lo que Julia llamaría “una buena chica”, pero justamente el que no lo fuera constituía, a no dudarlo, su mayor atractivo.<br />
Ya era tarde. Debía volver a su casa y dormir unas pocas horas hasta que comenzara su turno en el hospital. Caminó por el pasillo hasta el baño. La puerta estaba abierta. Marcela acababa de tomar una ducha. Con un camisón cerrado y viejo de franela, posiblemente de su madre, dos cepillos enrollados en su melena rubia, eternamente lacia a pesar de sus esfuerzos, y el secador echando viento sobre su cara, se veía... <br />
divertida, <br />
y...<br />
No pudo evitar sentir nuevamente ese extraño enojo.<br />
Cuando él se sentó sobre un lado de la bañera, Marcela, que no había notado su presencia en aquel baño antiguo e inmenso, se sobresaltó al oír su voz.<br />
— Tenías razón—<br />
— ¡Me asustaste!...— Volvió a concentrarse en su pelo. — ¿Con qué? ¡Yo siempre tengo razón!—<br />
— Con Rubén— <br />
Marcela dejó el secador a un lado y se sentó junto a él, abatida.— ¿Por qué? ¿Te dijo algo?—<br />
— Eso no importa. Lo que importa es que no va a molestarte más—<br />
Damián había sido terminante. Ella sabía que no había lugar a bromas y que no debía insistir. <br />
Todo el asunto la preocupaba, así que volvió a secarse, pero esta vez con un aire serio y reconcentrado. Damián de nuevo la sorprendió al hablar.<br />
— Tenés que tener más cuidado... – dijo en tono de reto.<br />
— ¿Más cuidado?—<br />
Él parecía estar molesto y eso la asustó. Como cuando era chica. <br />
— Sí. Vos no te das cuenta. De hecho, no digo que lo hagas a propósito... Pero hay ciertas actitudes tuyas... —<br />
Marcela sintió que empalidecía.<br />
— No te entiendo...—<br />
— Ciertas veces... Como te movés... Algunas actitudes tuyas... Vos no te das cuenta, pero...¡pero provocás!—<br />
— ¿Qué yo provoco?— se defendió, indignada. — ¡¿Cuándo provoco yo?!.. Me visto como si fuera una nena...—<br />
— Con las polleras de una nena, que es distinto...— la interrumpió.<br />
— El largo de mi ropa ya los hemos discutido bastante. Uso lo que se usa, así que cortala  con eso. ¡Yo no provoco a nadie!—<br />
— Es que no te das cuenta... Hay algo en vos... En tus actitudes... En las cosas que hacés..— Damián volvió a enredarse con las palabras. — ¡Ahora mismo, por ejemplo!—<br />
— ¿Que pasa ahora?—<br />
— Y... , no sé.... Yo estoy acá, vos estás en camisón...<br />
Por un momento se sintió aliviada. — ¡Me estás cargando!—. Miró despectivamente su camisón. – Esto no puede provocar a nadie...—<br />
— ¡Justamente! Vos no entendés la mente de un tipo – interrumpió. – Un camisón siempre despierta fantasías. Uno piensa: poca ropa interior... – Se arrepintió de decir eso.   — Qué se yo. Un hombre piensa muchas cosas... —<br />
— Pero... sos vos. Es distinto— balbuceó. – Vos sos un amigo y...—<br />
Damián respondió cortante: — No, ¿ves?. Ese es otro error. No hay amigo, pariente ni hermano que valga. Un hombre siempre es un hombre.... Pensalo.—<br />
Por primera vez en su vida Damián se sintió incómodo en presencia de ella. Se despidió brevemente, casi sin mirarla, y se fue.<br />
Marcela quedó sola y confundida. <br />
No pudo evitar la extraña sensación de estar desnuda.<br />
<br />
<br />
<br />
(Aquí termina el primer capítulo de la novela "Un saludo distinto" de Clara Voghan.  Para obtener en forma gratuita la novela completa envíe un mail a <u>claravoghan@lycos.com </u>indicando su edad y nacionalidad y un breve comentario de este primer capítulo).<br />
<br />
Otros enlaces:<br />
Página oficial de Clara Voghan.<br />
<a href="http://www.claravoghan.com.ar" target="_blank">www.claravoghan.com.ar</a><br />
<br />
Grupo de Yahoo, donde pueden encontrarse otras obras de la autora:<br />
<a href="http://ar.groups.yahoo.com/group/claravoghan/" target="_blank">http://ar.groups.yahoo.com/group/claravoghan/</a><br />
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Agradeceremos toda difusión que pudieran dar a este anuncio.<br />
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